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Geopolítica

El tiempo oscuro de los leviatanes


 |  Arnulfo

La nueva regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. Se trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros.

Por Alvaro García Linera - 10/01/26 - Actualizado: 11/01/26 | 9:02

Desde 1945, las relaciones interestatales intentaron regularse por tres principios básicos: a) el respeto mutuo de la soberanía territorial de los Estados; b) la aceptación compartida de que cada país debe resolver internamente sus asuntos políticos sin interferencia extranjera; c) la resolución pacífica de controversias entre Estados (Carta ONU, art. 2). Ciertamente muchísimas veces no se cumplían, como con las invasiones norteamericanas a Vietnam, Puerto Rico, Irak, Libia; rusas a Checoslovaquia, Hungría, o europeas en Yugoslavia, Afganistán, etc. Las grandes potencias, en función de intereses comerciales o geopolíticos, podían violar puntualmente esas reglas, pero era un destino-fuerza en torno a la cual se regulaban los vínculos y legitimidades de las acciones estatales.

Con la caída de la URSS en 1989, el “orden” se vio enriquecido con los soportes de la globalización en marcha: d) libre comercio para mercancías y capitales; e) protección de la inversión extranjera (norteamericana y Europa); d) cadenas de valor mundializadas; e) democracia y valores liberales expansivos. Se trataba de hacer negocios en cualquier lugar del mundo, pero con una dosis de hipocresía teatralizada (los llamados “valores” liberales), en aras de los juegos de legitimación ante las clases subalternas. Hoy ese orden ha explotado en mil pedazos.

Primero fueron las fallas estructurales del hiper globalismo que se manifestaron con una contracción sistémica del crecimiento económico y la dramática crisis financiera del 2008-2010. Los mercados no se autorregulan y, dejarlos a la libre, son como monos con navaja sueltos en un jardín de niños. Silenciosamente, los flujos transfronterizos de capital comenzaron a retrotraerse al igual que las tasas de crecimiento del comercio mundial (BIS, 2024). Finalmente, fue el Estado, considerado un “arcaico” artefacto político, el que tuvo que salvar con emisión de dinero público a los “meritorios” inversionistas. El 2020, esa “flexibilización cuantitativa” llegó al 18% del PIB de las economías avanzadas (FMI, 2022).  En medio, vino el Brexit que mostró que los ideales de soberanía no eran meros recuerdos de museo, sino también una manera distinta de organizar la economía. Alarmadas, las élites liberales comenzaron a hablar de una “slow globalization”

Y finalmente llegó Trump, con su lenguaje básico, pero directo, y su caballería de impuestos a las importaciones, que terminó de trastocar todos los principios y “valores” hasta entonces compartidos. Comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como quien reparte cartas marcadas de póker para luego negociar nuevas cartas, igualmente marcadas; hasta abatir uno por uno a todos los participantes.

Llegó Trump y comenzó a repartir aranceles a todo el mundo como quien reparte cartas marcadas de póker para luego negociar nuevas cartas, igualmente marcadas; hasta abatir uno por uno a todos los participantes

En corto tiempo, todas las antemas de la globalización se han puesto de pie y ahora son dominantes. En vez de libre comercio hay proteccionismo desbocado. En sustitución de la libre competencia hay políticas industriales subvencionadas por el Estado. En lugar de la disciplina fiscal ha llegado el endeudamiento público disparado. Las cadenas de valor global están dando paso a una división del trabajo regionalizada geopolíticamente. Adiós globalización, al menos en áreas importantes de la economía. Bienvenida la “fragmentación geoeconómica”.

Todo ello supone una reorganización de los actores protagónicos de la economía mundial. Si antes eran los mercados anónimos los que redefinían los flujos de inversión, comercio y rentabilidad, subordinando a los estados a esa empresa, ahora serán los Estados los que planificarán y utilizarán sus poderes monopólicos para que los capitales actúen y se enriquezcan. Sigue siendo capitalismo. Claro. Pero este último es un nuevo tipo de capitalismo global estatalmente protegido, capitalizado, apuntalado e impulsado.

La nueva regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglas. En este tiempo de transición liminal todo es lícito, en primer lugar y sobre todo, la fuerza, la coacción entre Estados para imponer a los otros lo que los gobiernos, y las empresas cobijadas en él, necesitan. No importa si estas son empresas “nacionales” o transnacionales. Lo importante es que tengan como sede un Estado y aprovecharán de la fuerza política, económica y coercitiva que tiene ese Estado, para lograr créditos internos, subvenciones, protecciones arancelarias, chantajes a otros Estados para eximirse de impuestos y, claro, para ocupar sus mercados. Se trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros. La única barrera que se imponen es la que emerge de los límites de sus recursos y poder. En función de eso miden realistamente sus esferas de control e influencia.

La nueva regla del juego interestatal que hoy se impone es que no existen reglasSe trata de un orden salvaje donde los Estados actúan como desenfrenados Leviatanes hobbsianos, lanzados unos contra los otros

Ya no hay “valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia, ni derechos humanos, ni justicia. Solo el poder. El poder de ocupar. El poder de ganar. El poder de usurpar. El poder de rentabilizar. El poder de humillar y someter. Y, el poder preferido de Trump, de infundir miedo a los demás (NYT, 4, II, 2020). “America First”, sin importar los acuerdos, las lealtades, la historia, los pueblos, las personas que son aplastadas, pisoteadas y escupidas en el camino a la grandeza: “drill, baby, drill”.

Ya no hay “valores” a los que adherirse o evocar su búsqueda. Ni democracia, ni derechos humanos, ni justicia. Solo el poder

Por eso al presidente Trump no le importa mantener el paraguas militar en Europa. No gana nada. EEUU pierde dinero. Más rentable es venderles armas y gas a los atemorizados gobiernos europeos que se refugian en un ilusorio “orden internacional” basado en suplicas.

Por eso no le importa la integridad o adhesión de Ucrania a la OTAN. Rusia no es un adversario a temer para EEUU, y Ucrania importa si se puede apoderar de sus tierras, de sus minerales y, ante todo, recuperar los más de 100.000 millones de dólares que Biden les entregó. Si cediendo una parte del territorio a Rusia logra ese cometido, es un buen trato.

Por eso impone unilateralmente aranceles al mundo; obliga a la OCDE a anular los impuestos del 15% a sus multinacionales norteamericanas y va camino a apropiarse de Groenlandia.

Por eso Alemania desempolva su viejo casco armamentista prusiano, cambia instantáneamente su constitución y libera un “gasto público sin límite” para “hacer grande” a su ejército. Y les dice a todos que ese es el “nuevo” europeísmo.

Por eso cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro no simula acudir a ninguna convención internacional. Mucho menos a la ONU que se ha convertido en una oenegé de piadosos debates internacionales. No hay hipocresía. No hay justificación. Hay exhibición simple, pura y desvergonzada del poder de Estado para la confiscación de la mayor reserva de petróleo del mundo. De paso, proteger las nuevas reservas hidrocarburíferas de Esequibo.

Cuando EEUU interviene militarmente Venezuela y secuestra al presidente Maduro no simula acudir a ninguna convención internacionalLo ha hecho porque simplemente tiene el aparato militar para hacerlo y lograr que las reservas petroleras venezolana sean para las empresas norteamericanas. Y punto

Hemos entrado a un interregno internacional salvaje, regido por la ley de la fuerza de los Estados (económica y militar). No es un extravío temporal de Trump. No terminará cuando EEUU elija un nuevo presidente el 2028. Es la borrascosa transición hacia un nuevo orden global estable; pero es una transición que durará más de una década sembrando violencia, odios y canibalismos intraestatales que dejarán heridas por siglos.

El que está inflexión del orden tome formas crueles y violentas carente de narrativas legitimadoras puede ser visto como el síntoma del crepúsculo de un régimen de dominación. En este caso del ciclo globalista (40 años) y del ciclo hegemónico norteamericano (100 años). Todo declive de una autoridad exacerba la desesperación de quienes lo usufructuaron, llevándolos a intentar detener lo inevitable de manera violenta. Es lo que la historiadora Tuchman ha denominado la “frivolidad belicosa de los imperios seniles”. Pero también, la brutalidad es un síntoma del tormentoso nacimiento del orden nuevo. Es la recurrente “partera” de la historia a la que se refería Marx en el famoso capítulo XXIV de El Capital, donde describe no solo como se forma el Estado moderno, sino, además, como el Estado es una “potencia económica” que ayuda al nacimiento de toda nueva forma social.  La violenta intervención estatal es una marca de nacimiento del capitalismo y, por ello, de todos los nuevos ciclos largos con los que se renueva la acumulación de riqueza e inversiones. La embravecida coacción estatal es una característica propia de los tiempos liminales. Como el actual.

No es un extravío temporal de Trump. No terminará cuando EEUU elija un nuevo presidente el 2028. Es la borrascosa transición hacia un nuevo orden global estable; pero es una transición que durara más de una década sembrando violencia, odios y canibalismos intraestatales que dejaran heridas por siglos

Y en medio de estas monstruosidades desnudas con la que están actuando los grandes estados, es posible distinguir el nacimiento de unos principios de regularidad que, de aquí a un tiempo, podrán cimentar el nuevo orden internacional que emergerá y se estabilizará durante las siguientes décadas. Estas regularidades son:.

1.- Los Estados ya no son solo el soporte de la acumulación de los capitales, como lo fueron en el neoliberalismo; ahora son también parte del comando y reorganización territorializada de esa acumulación. China, Corea, Japón, Vietnam son ejemplos exitosos de ello. EEUU y la UE seguirán el camino, pero no bajo la forma de Estado-empresario, como lo hicieron los primeros. Sino como Estado incubador, protector y alimentador de “sus” empresas privadas en sus áreas de influencia.

2.- Los Estados del mundo se diferenciarán entre Estados patrones y Estados vasallos, según su capacidad infraestructural, su poderío económico, su cohesión política y logística militar. Los primeros, delimitando áreas de control y autonomía de las empresas que tienen residencia en sus territorios. Los segundos como proveedores de insumos y exclusividad hacia los primeros.

3.- La soberanía ya no es un reconocimiento pactado por tratados internacionales. Es fuerza económica, sólida legitimidad interna, capacidad de defenderse y posibilidad de infringir daños a otros Estados.  Quienes no tengan esos atributos, devendrán en Estados de servidumbre.

4.- Las áreas de influencia, regional o continental, serán flexibles, sometidas a las presiones de irradiación de los capitales en busca de mercados. Pero la elasticidad de las fronteras no dependerá de acuerdos comerciales, sino de oleadas de guerras arancelarias, chantajes geopolíticos e intromisiones en la vida interna de los estados.  De un “orden internacional” para los mercados en los que los Estados eran la plataforma sobre la que se desplazaba el protagonismo de la libre circulación de los capitales, pasaremos a un “orden global” de los Estados que conquistan, a la fuerza, para “sus” capitales espacios regionales y puntuales mercados globales.

5.- El régimen de legitimación gubernamental interno, gradualmente dejará de lado el ideologema liberal globalista para centrarse en temas de seguridad regional, “grandeza” nacional y soberanía.

Es un escenario de Estados combatientes y Estados sumisos según prioridades geoeconómicas. Aterrador, pero real.

Publicado por Diario Red

https://www.diario-red.com/opinion/alvaro-garcia-linera/tiempo-oscuro-leviatanes/20260110124106061656.html

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