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De María Elena a María Eva. Acaso una parábola argentina


 |  Arnulfo

Mi generación se crió escuchando las canciones infantiles de María Elena Walsh. Y con la recuperación de la democracia, luego de la guerra de Malvinas, escuchando y cantando en actos políticos y recitales a la Negra Sosa y otros intérpretes sus canciones más ¿adultas?, ¿más políticas?

Por Harnán Cazzaniga

Vuelvo a escuchar las canciones ¿infantiles? con oídos añosos y me resuenan adultas y políticas, tal vez más lúdicas.

Antes de estas composiciones, con Leda Valladares anduvo recopilando coplas en el noroeste argentino y las interpretaron en París, allá por los años 50. Fueron precursoras de la investigación folklórica. Alguna vez escuché decir a Leda que esos cantos guardaban una cierta semejanza sentimental con el blues. Por cierto, María Elena era amante del jazz. El origen de su familia paterna era irlandés y el de su madre, criollo.

Pertenecía a una familia de clase media porteña, con acceso a bienes culturales ya en tiempos previos al 17 de octubre. Una familia como tantas otras de esa condición que sintió un rechazo emocional, que intentaba racionalizar con algún argumento, frente a la irrupción del peronismo en la escena política y cultural de aquella sociedad tan excluyente. Una cosa eran los pobres romantizados, valorados por sus producciones folklóricas recogidas lejos de barrio norte y otra los pobres disputando y conquistando derechos. Lo sigue siendo.

Hay quienes dicen que su viaje artístico a Francia en el 54, contemporáneo al de Cortázar, fue una suerte de exilio. Ocurrió justo en el momento en que la industria cultural promovida por el Estado y las nuevas tecnologías de entonces alcanzaban su época dorada. El espíritu liberal de su entorno social, tal vez, se vio afectado por las maneras del peronismo. Vaya uno a saber.

El paso del tiempo y la reflexión crítica, sus experiencias de vida y compromiso feminista y, ¿por qué no?, su orientación sexual "vergonzante" y "excluyente" hasta no hace mucho tiempo para muchas mujeres, como para muchos hombres gay, quizás expliquen una comprensión diferente del peronismo ya en su madurez. Y, particularmente, de la figura de Evita y el amor profundo que le profesaba el pueblo peronista; a esa que consagró única reina, en nombre de ese movimiento que le brindó hospitalidad a tantos millones que veían la riqueza nacional con la ñata contra el vidrio que los dejaba del lado de afuera.

Iniciando la dictadura, publicó su poemario Cancionero contra el mal de ojo. La fecha es por demás significativa en la historia argentina. En él incluyó el poema EVA, que testimonialmente dice en uno de sus versos: "y el odio entre paréntesis rumiando venganza en sótanos y con picana".

Ya pasaron décadas de su publicación y también del inicio de la destrucción del modelo de industrialización con inclusión social que motorizó el peronismo en el 45. De este país donde los niños y niñas eran los únicos privilegiados, de este país con infancias pobres, en el cual ahora son "los viejos meados".

"Ay país, país, país...", cantaban en la otra orilla del Plata su propio lamento, en tiempos del Plan Cóndor impulsado por la Escuela de las Américas.

No creo que María Elena alguna vez se haya identificado explícitamente como peronista, pero sí que advirtió que este movimiento históricamente había comprendido la aspiración de justicia social y el carácter popular mejor que otras expresiones partidarias.

Esta suerte de parábola de una artista que, siendo muy joven, emprendió su búsqueda de la cultura popular en la puna, finalmente la reencontró en el recuerdo del olor de las flores de la calle Florida, en esas semanas de duelo impuesto oficialmente y por el llanto de millones que se sintieron huérfanos desde aquel 26 de julio de 1952.

 

Eva

Poema completo.

María Elena Walsh

I

Calle Florida, túnel de flores podridas.

Y el pobrerío se quedó sin madre

llorando entre faroles sin crespones.

Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra

sufrían rencorosos por decreto

y el órgano por Radio del Estado

hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.

El Barrio Norte tras las celosías

encargaba a París rayos de sol.

La cola interminable para verla

y los que maldecían por si acaso

no vayan esos cabecitas negras

a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.

Y los grasitas con el corazón rajado,

rajado en serio. Huérfanos. Silencio.

Calles de invierno donde nadie pregona

El Líder, Democracia, La Razón.

Y Antonio Tormo calla “amémonos”.

Un vendaval de luto obligatorio.

Escarapelas con coágulos negros.

El siglo nunca vio muerte mas muerte.

Pobrecitos rubíes, esmeraldas,

visones ofrendados por el pueblo,

sandalias de oro, sedas virreinales,

vacías, arrumbadas en la noche.

Y el odio entre paréntesis, rumiando

venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras

gimiendo en el cordón de la vereda.

Lágrimas enjuagadas con harapos,

Madrecita de los Desamparados.

Silencio, que hasta el tango se murió.

Orden de arriba y lagrimas de abajo.

En plena juventud. No somos nada.

No somos nada mas que un gran castigo.

Se pintó la República de negro

mientras te maquillaban y enlodaban.

En los altares populares, santa.

Hiena de hielo para los gorilas

pero eso sí, solísima en la muerte.

Y el pueblo que lloraba para siempre

sin prever tu atroz peregrinaje.

Con mis ojos la vi, no me vendieron

esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52

¿Qué importa donde estaba yo?

II

No descanses en paz, alza los brazos

no para el día del renunciamiento

sino para juntarte a las mujeres

con tu bandera redentora

lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.

Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,

metiste a las mujeres en la historia

de prepo, arrebatando los micrófonos,

repartiendo venganzas y limosnas.

Bruta como un diamante en un chiquero

¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos

para invocar tu insólito coraje.

Todas, las contreras, las idólatras,

las madres incesantes, las rameras,

las que te amaron, las que te maldijeron,

las que obedientes tiran hijos

a la basura de la guerra, todas

las que ahora en el mundo fraternizan

sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila

y huyas de las estampas y el ultraje

empezaremos a saber quién fuiste.

Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,

única reina que tuvimos, loca

que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas

y las violadas en los teleteatros

y las que callan pero no consienten

arrebatemos la liberación

para no naufragar en espejitos

ni bañarnos para los ejecutivos.

Cuando hagamos escándalo y justicia

el tiempo habrá pasado en limpio

tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste,

fanática, leal, desenfrenada

en el candor de la beneficencia

pero la única que se dio el lujo

de coronarse por los sumergidos.

Agallas para hacer de nuevo el mundo.

Tener agallas para gritar basta

aunque nos amordacen con cañones.