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Microracismos: preguntas necesarias para una pedagogía incómoda


 |  Doris Chacón

Microracismos: preguntas necesarias para una pedagogía incómoda

¿Para que haya racismo tiene que haber una persona negra o marrón presente?
¿O alcanza con que exista una idea de superioridad?

El racismo no es solo un insulto.
Es un sistema de jerarquías que históricamente colocó a las personas blancas como medida de lo humano, lo civilizado, lo correcto.

Por eso, para que exista racismo no hace falta que haya personas racializadas en el lugar.
Alcanza con que haya blancos que, consciente o inconscientemente, se sientan norma, centro, referencia.

Cuando alguien dice:
“Eso es cosa de negros”
“Seguro es de una villa”
“Parece indígena”

aunque no haya nadie racializado en la escena, la jerarquía ya está operando.
Se está definiendo quién es lo deseable y quién es lo inferior.

Entonces, ¿el racismo es solo una agresión individual?
¿O es una estructura que aprendimos sin darnos cuenta?

Cuando el insulto se disfraza de chiste

Si a una persona negra le dicen “mono” y alguien responde “pero es conflictiva”,
¿qué estamos haciendo realmente?

¿Estamos evaluando el racismo…
o estamos evaluando a la víctima?

Muchas veces, cuando quien recibe el comentario es una persona que incomoda, que discute, que  tiene conducta conflictiva, se utiliza eso para justificar la agresión.

“Bueno, pero ella también…”
“Algo habrá hecho.”
“Es problemática.”

¿Desde cuándo la personalidad de alguien convierte en aceptable un acto racista?

No existen personas “merecedoras” de racismo.
El racismo no se justifica por el carácter, la ideología, el tono de voz ni la simpatía de quien lo recibe.

Cuando se cuestiona la conducta de la víctima para relativizar el acto racista, lo que se hace es desplazar el foco.
Se deja de analizar la violencia y se analiza a quien la sufrió.

Y esa es una forma de encubrimiento social.

Cuando el racismo se minimiza desde adentro

Otra pregunta incómoda:
¿Por qué a veces las propias personas racializadas minimizan hechos racistas?

“Dejalo, no pasa nada.”
“Es así, no lo hace con mala intención.”
“Me río porque si no, me amargo.”

¿Es que no duele?
¿O es una estrategia de supervivencia?

En contextos donde el racismo está naturalizado, muchas personas aprenden que señalarlo trae más costo que callarlo.
Minimizar puede ser una forma de protegerse.
Reírse puede ser una forma de no quedar aisladas.

Pero que alguien lo soporte o lo minimice no significa que no sea racismo.
Significa que el entorno no siempre ofrece condiciones seguras para nombrarlo.

¿Quién define qué es racismo?

Si quien recibe el comentario dice que fue racista,
¿por qué la primera reacción suele ser defender al agresor?

“Lo dijo sin mala intención.”
“Están exagerando.”
“No hay que ser tan sensibles.”

¿Por qué es más fácil poner en duda la percepción de quien sufrió la agresión que revisar la conducta de quien la emitió?

Negar el racismo no lo elimina.
Solo lo vuelve más cómodo para quienes no lo padecen.

Una pregunta final

Tal vez el desafío no sea preguntarnos
“¿Soy racista?”

sino
“¿Qué ideas de superioridad aprendí sin darme cuenta?”
“¿Cuándo justifico una agresión porque no me cae bien la persona que la recibió?”
“¿Por qué me incomoda más que alguien denuncie el racismo que el racismo mismo?”

La pedagogía antirracista no busca culpables individuales.
Busca conciencia.

Porque el racismo no necesita odio explícito para existir.
Le alcanza con la naturalización.
Le alcanza con el silencio.
Le alcanza con la justificación.

Y la transformación empieza cuando dejamos de preguntar
“¿Fue tan grave?”
y empezamos a preguntar
“¿Qué estructura sostiene esto?”

Tal vez la tarea no sea demostrar que el racismo existe.
Tal vez la tarea sea dejar de protegerlo cuando se nombra.

Porque educar no es suavizar lo incómodo.
Es animarnos a desarmar lo aprendido.

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