Crónica prospectiva de la intemperie post nixoniana
Por Hernán Cazzaniga (*)
Los sucesos que estamos presenciando en 2026 disparan en esta saga de mini ensayos, reflexiones en torno a una nueva fase de la historia geopolítica. Un campo abierto que habitamos a la intemperie con el cielo surcado por drones y la estratosfera colmada de satélites, de sobra para que parezca no ser necesario venir a ofrecer un corazón por causas nobles.
La era nixoniana comenzó cuando la perra Laika ya había dado su paseo por el espacio exterior y Armstrong pisado la luna. El cielo ya había sido perforado cuando comenzó. Luego engendró las condiciones que prefiguran a su sucesora, que se edifica sobre el derrumbe de alguno de sus pilares.
Transitamos un mundo en tensión entre dos tendencias: por un lado, concentración económica y de poder en pocos jugadores y por el otro, balcanización de las billeteras y destrucción de los altares verdes.
El primer pilar en caer es el del dólar como universalización del poder de la Región atlántica.
El mundo post-nixoniano puso en dudas la Fe en el Tesoro estadounidense. No le queda otra a esta religión que tratar de conservar los dominios que pueda, sino con la cruz, con la espada, o acorde con los tiempos a fuerza de misiles y drones.

Asistimos a una balcanización financiera: el comercio global se fractura en circuitos cerrados, en yuanes digitales, en canastas de monedas respaldadas por la materialidad del oro o el petróleo, lejos del sistema SWIFT. La "aduana invisible" de los 70 se ha roto, y en su lugar aparecen fortalezas regionales.
La Pax Americana, fundada en la capacidad de EEUU para exportar su inflación a cambio de protección militar como modo de sostener su opulencia está en cuestión.
La guerra de monedas en curso es, en el fondo, una guerra por quién tiene el derecho a emitir la realidad (ficción) económica propia y de los demás.
El pasaje del taller global a la trinchera tecnológica por parte de China está completando este ciclo.

El pacto de 1972 entre Nixon y Mao, que convirtió al gigante asiático en la fábrica del mundo para asegurar el consumo barato de Occidente, ha sido sustituido por un proceso de desacople.
El mundo post-nixoniano no busca la integración, bajo reglas de libre comercio dictadas por el consenso de Washington, sino la autonomía de combate de los agentes.
Las cadenas de suministro ya no se diseñan por eficiencia, se imponen por "lealtad" o sumisión.
El "cielo" que hoy se disputa ya no es como en los 60 el de la soberanía política, sino el del control de la producción y desarrollo de los semiconductores, la Inteligencia Artificial y de los datos que éstos almacenan y administran.

Quien controla el algoritmo controla la capacidad de un Estado para existir; la IA es hoy el nuevo y burbujeante petrodólar: una herramienta de dominación que no necesita embajadores, sino fibra óptica, silicio y algunas tierras raras.
El neo-extractivismo y el garrote teledirigido digitalmente mandan a degüello otro ideario verde, el de una humanidad amigada con su ambiente natural.
En este nuevo paisaje, los países del Sur —como Venezuela o Argentina— dejan de ser socios comerciales para convertirse en yacimientos administrados sumisamente conforme a los intereses del Big Brothers, emparentado con el Byt Brothers…
La transición energética lejos de llevar hacia una era de paz y de desarme nuclear promueve una brutal sed de litio, cobalto y tierras raras.

Si el garrote en tiempos de los Roosevelt fue naval y en el de Nixon una combinación de financiero y militar, el garrote post-nixoniano es algorítmico y extractivo, pero con el respaldo del poderío atómico y misilístico.
Se interviene en las democracias moviendo mercados en milisegundos o sancionando economías enteras con un clic, bloqueando sus capacidades productivas de bienes de uso, mientras la extracción a cielo abierto se acelera para alimentar la maquinaria de megacorporaciones inspiradas en ficciones orientadoras a partir de las cuales diseñan futuros en los que invierten los frutos de la apropiación de los bienes comunes. Buscan prescindir de la fuerza de trabajo, mediante la automatización total relegando los cuerpos humanos a tareas de traslados de personas y cosas.

Todo el hidalgo valor de la vida se juega arriesgándola como motomandado, sintiéndose libre de las ataduras de un empleo con jefe, pero ordenado y calificado por una función algorítmica que reporta enormes beneficios económicos a alguien que se queda con el plus valor de su pedaleo, su esfuerzo personal y el de otros tan convencidos de sus méritos y de la propia culpabilidad frente a sus fracasos.
Un mundo del trabajo que potenció el proceso de fragmentación que atenta contra la solidaridad de los pares. Aquello que en la era industrial hacía fuertes a los sindicatos para enfrentar al capital.
Estas transformaciones afectan a nuestros pequeños universos de relaciones, en los espacios microsociológicos donde habitamos sobre la tierra y en las plataformas digitales. Al mismo tiempo, navegan al garete instituciones internacionales como la ONU, que han quedado esclerosadas o fosilizadas, testimonio paleontológico de la vida en el siglo XX.
Incapaces de detener genocidios perpetrados ante la vista de la impávida comunidad internacional o atropellos a soberanías transmitidos por redes sociales, su deceso deja a los pueblos sin un lugar a dónde recurrir ante la impunidad basada en poderíos que ya no necesitan de consensos para lograr sus resultados.
El mundo post-nixoniano es el mundo de la "transparencia del horror": se bombardea, se saquea y se interviene a plena luz del día, asumiendo que el derecho internacional es una lengua muerta que nadie se molesta ya en traducir.
¿Qué queda por hacer en esta orfandad? ¿Dónde las resistencias se pueden encontrar con algún hidalgo sentido?.

En un mundo donde los recursos naturales son el botín de una guerra sin fin y mucha tristeza, la verdadera resistencia ya no es solo política, sino existencial. El futuro no se escribe en los términos de una globalización que prometió bienestar convirtiéndonos de ciudadanos en consumidores. Ese tiempo terminó hace rato, todo un garrote ya lo ves. El orden neofeudal que algunos avizoran requiere relaciones de vasallaje como las que anuncia Trump respecto a su anuncio de que, sin plazos, sino con objetivos de las compañías petroleras y fondos buitres yankies, EEUU dirigirá la administración del Estado de Venezuela y como lo hace su embajador Lamelas en Argentina.
(*) Docente universitario