Donald Trump es una síntesis brutal del sistema.
Marcos Joel, profesor en la Universidad de la República, de la República Oriental del Uruguay, la principal institución de educación superior e investigación del país, describe con precisión quirúrgica la naturaleza y el modus operandi del imperio y pone el acento, no en su prepotencia ni en su brutalidad, sino en lo que él llama con mucho acierto, la docilidad estrutural de América Latina.

Por Marcos Joel (*)
Donald Trump no es un accidente ni una excentricidad del sistema, es su síntesis brutal. Representa al imperialismo en su fase terminal, cuando ya no necesita disfraces liberales, ni discursos civilizatorios, ni retórica democrática. Trump gobierna como actúa el capital cuando se siente impune, por la fuerza, la amenaza y la extorsión. Su figura encarna al déspota contemporáneo que confunde Estado con botín y política con saqueo, reduciendo las relaciones internacionales a una lógica mafiosa de vasallaje y castigo.
Sin embargo, centrar el problema exclusivamente en Trump sería un error cómodo. El verdadero escándalo histórico no es la prepotencia del imperio, esa ha sido constante, sino la docilidad estructural de América Latina frente a esa prepotencia. No estamos ante una región simplemente oprimida, sino ante una región disciplinada, entrenada durante décadas para obedecer, para aceptar límites impuestos desde afuera y para renunciar, incluso antes de intentar, a cualquier gesto de soberanía real.
No es impotencia lo que domina, es inacción aprendida. Porque la impotencia nace del choque con un obstáculo; aquí, en cambio, ni siquiera se intenta avanzar. Se espera. Se delega. Se mira hacia el norte con la esperanza infantil de que alguien más resuelva lo que nosotros mismos no estamos dispuestos a enfrentar. Esa espera pasiva no es ingenua, es funcional al orden dominante.
Las élites políticas, económicas y mediáticas latinoamericanas cumplen un rol central en esta tragedia. Justifican al poderoso, relativizan la agresión imperial, maquillan la dependencia bajo el nombre de “realismo” o “pragmatismo” y presentan la sumisión como si fuera madurez política. Han convertido la claudicación en virtud y la obediencia en doctrina. No administran Estados soberanos, administran la dependencia.
Lo verdaderamente patético no es la violencia del dominador, esa es su naturaleza, sino la naturalización de la humillación. La aceptación de que no hay alternativa. La renuncia anticipada a pensar proyectos propios de desarrollo, integración y autodeterminación. América Latina no carece de historia, ni de recursos, ni de pueblos combativos; lo que ha sido sistemáticamente saboteado es su voluntad política de emancipación, especialmente desde los centros de decisión.
El colonialismo ya no necesita ejércitos permanentes, opera en las mentes, en los discursos, en las decisiones “técnicas” que siempre benefician a los mismos. Es un colonialismo mental que logra que los dominados defiendan el orden que los oprime, que repitan los argumentos del amo y que teman más a la rebeldía que a la miseria.
Ojalá viva para ver una América Latina que rompa definitivamente ese hechizo. Una región que deje de actuar como periferia obediente y se reconozca, de una vez por todas, como sujeto histórico. Porque la independencia no es un acto simbólico ni un discurso solemne, es una ruptura concreta, incómoda y conflictiva. Y ninguna emancipación real se consigue pidiendo permiso al imperio.
Marcos Joel
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