El orden global se canibaliza

Por Hernán Cazzaniga
El año arrancó heavy. A partir de la intervención yankie en Venezuela venimos tratando de entender la magnitud de las consecuencias de lo que está ocurriendo. En clave de pasaje de un orden nixoniano a otro post nixoniano o ¿Deberíamos llamarlo Trumpista? tratamos de entender este momento de tránsito. Recién, en una entrevista al New York Time, el presidente norteamericano respondió a la pregunta acerca de cuál es el límite: “el único límite es mí moral”
Más allá de la etiqueta, lo que está ocurriendo es una vuelta de tuerca y profundización del proceso que llevó a Rusia a responder la amenaza del avance de la OTAN sobre su área de influencia o patio trasero, atacando a Ucrania.
La guerra entre Ucrania y Rusia representa el momento preliminar de este pasaje histórico, porque si bien Rusia pateó el tablero, todavía bajo la administración Biden, EEUU se mantuvo dentro de los andariveles tradicionales en materia de la política internacional, es decir, acordando con sus socios de la OTAN ayuda militar a Ucrania y fallidas sanciones económicas a Rusia, sin entrar en conflagración directa, y apelando a la ONU y a la FIFA para que emitan sus condenas (lo único que se materializó fue el impedimento para que la selección rusa jugará el mundial de EEUU)
Pero ahora la escalada de conflictos tomó impulso y se viraliza en distintas regiones. Estamos en la etapa liminal. El mundo no es lo que era hasta hace unas semanas, ni es lo que va a ser en breve, en cuanto se constituya el nuevo orden que regirá durante cierta temporada. Por ahora reina el desorden que da pie justamente a que cada quien actúe con las reglas que le parezca, sin referencia a una normativa común.
No es descabellado pensar que estamos en una nueva gran guerra global. Podríamos llamarla la cuarta guerra mundial si reservamos el ordinal de tercera para la guerra fría. El riesgo que trae aparejado enumerarlas de este modo es que nos puede llevar a homologarlas vis a vis.
Si bien, esos antecedentes bélicos nos ayudan a pensar histórica y comparativamente lo que está ocurriendo; distinguir sus características peculiares es indispensable para comprender cómo se está configurado el tablero y lo que se está jugando sobre él.
El siglo XX fue el siglo de guerras de estados y banderías ideológicas que disputaban territorios y la administración del orden internacional. También el del cambio vertiginoso de la fuente estructural del poder.
Sucesivamente el predominio pasó de los dueños de la tierra, al de los dueños de las fábricas y ahora al de los dueños del algoritmo. Un poder que requiere enormes flujos de energía y extracción de minerales y un reordenamiento jurídico político a escala global.

En 1914 y 1939, el objetivo de ocupación territorial y las disputas de ideologías oficiales, de Estado, implicó la instalación de maneras de expresar formalmente la legitimidad del derecho de las naciones a través de la construcción de arquitecturas legales de regulación de las relaciones entre Estados (Versalles, la ONU).
Tras 1945, el equilibrio del terror bélico dio paso a la Guerra Fría. El reparto de Yalta distribuyó las respectivas áreas de influencia de un mundo que se dividió básicamente en dos hegemones con capacidad de destrucción masiva por la posesión de armas nucleares, pero que tenían fórmulas de acuerdo que hizo que durante décadas nunca hayan confrontado en forma directa, sino apoyando, y fomentando guerras localizadas en otras regiones y/o procesos políticos autoritarios en terceros países.
Iniciado a mitad de los 70 el orden Nixoniano derivó en Pax Americana luego de la demolición de la URSS. Es el punto más alto del cinismo diplomático, en el que, si bien hubo conflictos bélicos más bien focalizados, la hegemonía atlántica se sostuvo principalmente por medio de los condicionamientos financieros a los estados subordinados que siguieron siendo la base del bienestar de las potencias del Norte global.

Al desvincular el dólar del oro y crear el petrodólar, Nixon diseñó un "control invisible", más efectivo. Ya no era necesario invadir, sino endeudar para licuar la inflación propia de EEUU. Era el reino de la Realpolitik encubierta, un orden injusto pero que se había convertido en previsible.

Ese velo está hoy corrido. En los últimos años una serie de movimientos como el que dio lugar a la conformación de los BRICS delineó el estado de guerra en términos de batallas de monedas y reposicionamientos en el mercado pero bajo las reglas de la OMC.

Las noticias del día informan acerca de movimientos militares de Rusia, Europa y EEUU en el océano Atlántico y el Golfo Pérsico, donde se registran rebeliones sociales en Irán. Las fisuras dentro de la Unión Europea se ven a cielo abierto mientras, China rodea con buques de guerra a Taiwan y hoy Europa se enfrenta a una doble amenaza. La Rusa que dejó a la UE con una impresionante crisis energética y, ahora, la que representa Trump con sus movimientos sobre Groenlandia. Lugar estratégico no solo por el petróleo y otros minerales, sino también por qué el descongelamiento del ártico lo transforma en una vía navegable estratégica para el flujo de petróleo y otros bienes.
La simultaneidad de los hechos, su distribución intercontinental y la participación directa de los grandes jugadores en la escena le dan carácter mundial a esta situación bélica.
A diferencia de 1914, el detonante actual no es un magnicidio en los Balcanes, sino la implosión de la legitimidad en el corazón del sistema.
El conflicto visceral entre el gobierno de Trump y el Congreso de EEUU representa el fin de la previsibilidad nixoniana.
Cuando el poder central devora su propia institucionalidad para sostener fragmentos de autoridad, el dólar deja de ser un contrato técnico para convertirse en capricho contra la fuerza de los hechos, que no es otra cosa que la pérdida de la guerra comercial por parte de EEUU.
Este colapso se manifiesta en acontecimientos, si se quiere, menores como el asesinato de la mujer de Illinois, que relaciona la política migratoria llevada a cabo en el propio suelo con los atropellos imperiales cometidos en la periferia.
La violencia ya no se oculta; se exhibe. Paralelamente desata rebeliones en dos niveles. Puertas adentro, un federalismo de resistencia donde los estados de la Unión se desconectan de su centro que ya no garantiza derechos, ni reglas compartidas. Puertas afuera, un mundo que tensiona la tendencia a la huida de la hegemonía yankie y conformación de bloques alternativos contra la voluntad imperial de Trump de restituir el orden a lo sheriff del condado.
El cuadro se completa con el rol de las corporaciones de la información. Este escenario bélico de fragmentación encuentra su cerebro en el poder de éstas.
En el mundo post-nixoniano, el control ya no reside sólo en los Bancos Centrales, sino en la infraestructura de datos. Estas corporaciones han dejado de ser prestadoras de servicios para convertirse en los nuevos señores que colonizaron la administración gubernamental de EEUU.
El Estado-Nación es hoy un cliente de la corporación tecnológica. La privatización de la vigilancia y el arbitraje de la realidad permiten que el "Gran Garrote" actúe con una precisión quirúrgica sobre la disidencia, mientras las nubes de datos se vuelven tan o más vitales que los pozos petroleros. Si una corporación apaga sus servicios, una nación deja de existir funcionalmente. Es la forma más extrema de despojo: la alienación de la propia realidad informacional.
La conflagración de 2026 se funda en una alianza inestable: Estados en implosión, recursos en disputa y corporaciones con capacidad de ejercer un tipo de control totalitario.
Ya no se busca administrar con personal propio el territorio vencido, sino asegurar el flujo de minerales críticos y datos, dejando el tejido social en una zona de sacrificio permanente. Trump lo hizo explícito, no le importa quien se siente en el palacio Miraflores, sino que oriente el flujo de los negocios petroleros y mineros hacia los intereses de las corporaciones que lo respaldan.
El Sarajevo de nuestra era no es un disparo, es un cortocircuito en el sistema de mandos y el flujo de las mercancías estratégicas.
Mientras Irán arde bajo fracturas sociales y Europa se desmorona ante la asfixia energética y su inviabilidad demográfica, Trump ha decidido que la única ley válida es la de la extracción inmediata de las materias primas.
El siglo XX fue el siglo de los Estados acrecentando su poderío a partir del desarrollo de las empresas identificadas con sus banderas. El XXI es el siglo del saqueo de las corporaciones a plena luz del día que cuentan con los Estados como garantes de sus propósitos.
El tiempo está después y en su transcurso se irá delineando el nuevo mundo construido sobre las ruinas del mundo Nixon. Por ahora el avispero está alborotado.
Cuando se firmen nuevos pactos orientadores como en su momento fueron el de Beijing y el de Ríad sabremos con qué líder o líderes mundiales se podrá identificar la etapa aún no nata.