De carpinchos, mapuches y negocios inmobiliarios
Por Hernán Cazzaniga
Parece ser que todos los años carpinchos y mapuches aparecen como ángeles y demonios o, mejor dicho, angelizados y demonizados.Ganan lugar en las pantallas televisivas y de los celulares, son colocados en el foco de controversias sobre sus existencias mismas, sobre sus derechos a estar en el mundo.
Se dan discusiones cuasi ontológicas en el marco de disputas territoriales, de negocios inmobiliarios que arrasan territorios a fuego y topadora pero también con la fuerza discursiva de los medios que cargan de sentido a los hechos que narran e interpretan dentro de la atmósfera imaginaria o de imaginerías que envuelven a los protagonistas de la escena, en la que está en juego los dramas sociales y ambientales que protagonizan.

Pero ¿por qué pensar de manera análoga a estos sujetos, mapuches y carpinchos?
En primer lugar porque en los relatos que refieren a ambos, enunciados desde el poder económico y político que responde a sus intereses, opera una inversión discursiva respecto a su condición de habitantes preexistentes a los negocios establecidos sobre los lugares habitados por ellos. Mapuches y carpinchos son transformados en invasores o usurpadores de la propiedad privada, o mejor dicho apropiada, es decir extraída a la propiedad común, quitada del patrimonio de todos.
En Nordelta, se habla de una "invasión" de carpinchos, ignorando que el complejo habitacional se asentó sobre el habitat natural de estos animales, fauna autóctona de los humedales del Paraná.

Simétricamente, en la Patagonia se utiliza el concepto de "usurpación" contra las comunidades que reclaman tierras en base a derechos preexistentes a la constitución de la Argentina como estado nación. Para el Estado y los desarrolladores inmobiliarios, el bosque nativo deja de ser un ecosistema o un territorio sagrado para convertirse exclusivamente en un activo financiero, incluso extranjerizable, vendible a capitales foráneos.
Los mapuches y los carpinchos terminan siendo, bajo esta lógica guiada por la propiedad privada, extranjeros en su tierra. Simples obstáculos biológicos y político-culturales que estorban la rentabilidad que se puede obtener a través de la usurpación del paisaje por parte de los desarrolladores inmobiliarios o del capital extractivo.
En esta operación el periodismo en los grandes centros urbanos hace lo suyo. Produce una arquitectura que juega selectivamente con los afectos, despierta simpatías y antipatías con la carga de atributos que asigna a los significantes en juego. “Naturaleza”, “derecho” “propiedad privada”, “mercado” “carpincho” “mapuche” “vecino”, etc.
En sus discursos y en los de buena parte de sus audiencias, así como también en los que circulan en las redes producidos por otros bichos urbanos, ¿por qué no llamarnos “cibernautilus”? se reproducen prejuicios, visiones acerca de quiénes son esos otros, asignándoles roles fijos, estereotipados.
Racionalizan emociones (propias o del colectivo social al cual real o aspiracionalmente adscriben) de cara a la irrupción del conflicto que en estos dos casos involucra a comunidades aborígenes y de fauna autóctonas. Gramaticalmente los discursos echados a rodar se deslizan entre la indignación y la tolerancia, entre la simpatía y la antipatía, entre la romantización angelizante y la demonización.

En general hablar sobre los carpinchos se presta al juego, tiene la gracia de lo lúdico. Se les reserva un léxico divertido y pintoresco. Se los dota incluso de una "personalidad civil" paródica, se los trata como vecinos rebeldes. En cambio, los mapuches son cosa seria, independientemente de la simpatía o antipatía que pese sobre ellos, según sea la postura de quien habla. El lenguaje vira entre lo bélico y lo judicial, son instalados en el lugar de amenaza a la seguridad nacional y de la gente de bien. Son tipificados como " terroristas". ¡Ojo! ¡Con eso no se jode! Argentina tiene una lamentable tradición de exterminio, de genocidios cimentados sobre este tipo de construcciones. Pero también hay una construcción romantizada acerca del indígena, que se remonta a la idea del “buen salvaje”, la del indio bueno, que vive en la naturaleza, que forma parte de ella, y lo despoja de su condición de sujeto político que reivindica comunitariamente derechos por su condición de tal.

Simbólica y geográficamente, Mapuches y carpinchos son víctimas de deslocalizaciones o desplazamientos. Es decir, no sólo sufren la presión por desalojar los territorios que habitan físicamente, sino que se desplazan a los mapuches de su condición humana, mientras que por el contrario, a los carpincho se los humaniza.
Ambos son puestos, deformadamente, en el foco de la opinión pública.
Lo que queda oculto, generalmente, es el Poder Real. Se suele omitir quienes son los que introducen el conflicto a partir de la apropiación privada de los territorios ocupados con antelación de manera comunitaria. Poco se mencionan los nombres de las constructoras y el lobby inmobiliario en el Delta, prefiriendo discutir anécdotas domésticas que mueven a risa y a reflexionar sobre las penurias provocadas por los carpinchos a los adquirientes de las residencias.
En el Sur, se evita mencionar la extranjerización de la tierra, el CONICET y la UBA, esos bichos molestos para el proyecto libertario, han confeccionado mapas que brindan muy buena información y que sería bueno se use en los debates públicos, es decir los que se supone son acerca de los intereses comunes.
En ocasiones se escucha la denuncia de pobladores que alertan sobre cómo los incendios "limpian" el terreno para futuros emprendimientos de lujo en zonas de alta plusvalía, es decir, el negocio que hay por detrás.

En ambos casos es peligrosa la mirada romántica que despoja a mapuches y carpinchos de las respectivas condiciones política y biológica que los distingue.
El "carpincho-meme" de las redes sociales oculta la urgencia de una Ley de Humedales, promoviendo un ambientalismo de postal que convive con la destrucción de los suelos quemados para la ganadería o para la construcción de barrios de lujo.
De igual modo, el sistema mediático que construye un indio arquetípico, un "indio de museo" —estático y silencioso— lo condena en su condición de sujeto contemporáneo que reclama la propiedad de la tierra frente a los grandes latifundios. El romanticismo mediático funciona como una ceguera: permite conmoverse por el desplazamiento de un roedor mientras se exige violencia contra el habitante humano que estorba el negocio inmobiliario, por ejemplo.