La berenjena
La sociedad se informa por las redes sociales de la mano de los presentadores de noticias a sueldo, y llena el espacio destinado a poder formar una opinión que la ayude a tomar decisiones, en un lugar ocupado por el sin sentido.
Por Sergio Peralta (RedComSur Mendoza)
Hace unos años atrás, conversando con Eduardo Galeano en Montevideo, surgió el tema de la complicidad de los medios de comunicación con el poder y cómo a su vez los periodistas que trabajaban en esos medios se veían involucrados en ese juego del poder.
Para graficar la situación, Eduardo recurrió a una historia publicada en su libro Bocas del Tiempo, que yo conocía, pero que contada por él, con algún agregado producto de lo verbal la enriquecía.
Dijo que hacía como mil años a un rico sultán se le ofreció un manjar que desconocía. Era un plato preparado con berenjenas, adobadas con jengibre y especias del Nilo el hombre dio un mordisco al ignoto menú, con cierto recelo frente a lo desconocido. En la corte habitaba, entre los muchos cortesanos, un poeta que hacía las veces de intérprete de los dichos del sultán. Al saborear la berenjena el sultán hizo una mueca de agrado; de manera inmediata el poeta comenzó un discurso en donde alababa a la berenjena y además detallaba los poderes afrodisíacos que eran mayores a los del dientes de tigre o al cuerno rayado de rinoceronte y que transformaban al consumidor en una bestia sexual.
El sultán después de saborear el plato, dijo que definitivamente eso no le gustaba, que era una porquería.
El poeta, atento a los dichos de su benefactor cambió inmediatamente el discurso, maldiciendo a la engañosa berenjena que no solo castigaba a la digestión, sino que llenaba la cabeza de malos pensamientos, empujando a los hombres virtuosos, al abismo del delirio y la locura.
El sultán atento al giro en los dichos del poeta le recriminó su giro discursivo llevando a la humilde berenjena del paraíso al infierno.
El poeta, que era un profeta en la ciencias de la comunicación, puso las cosas en su lugar.
Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la berenjena. Era una alusión directa a las instrucciones para triunfar en el oficio.
En la Argentina, existen vínculos del periodismo con el poder, desde siempre, oficiando de bates de los dichos de quienes lo ostentan, aunque no sean sultanes. Pensar cuales son las posibles acciones para que la comunicación popular trabaje en pos de dar un frente importante en la batalla cultural, es una tarea que se debe recrear todos los días.
Sergio del Molino, periodista e historiador español dice que hay que deslindar la información de la propaganda y después, la información de la opinión. Además, plantea que el modelo de negocio basado en la publicidad y audiencias, sobre todo el que se basa en el reparto según audiencias, se lo ha llevado casi todo Google. Los piratas de Silicon Valley en una operación de piratería se han quedado con el tesoro de la publicidad, dejando a los medios de comunicación en apuros económicos que los han obligado a reinventarse, porque el periodismo sin un plan de negocios, se transforma en algo difícil de manejar. Queda en modo artesanal, sin poder cumplir con unos de los roles principales de la profesión, que es llegar a la mayor cantidad de personas posibles.
Del Molino opina que buena parte de la sociedad dejó de leer los periódicos, excluyéndose a sí misma del debate democrático. Si una persona quiere enterarse de lo que pasa en su entorno, participar, ser un actor dentro de la escena nacional, no puede ignorar al periodismo, acudiendo a las redes sociales para informarse.
Es ahí donde se debe trabajar para recuperar la credibilidad de la profesión, desenmascarando a los que dicen ser periodistas y solo son presentadores de noticias a sueldo. Quienes pagan esos sueldos son los que deciden que noticia es válida y cual no es conveniente difundir. El compadreo con el poder y los poderosos ha llevado a la degradación del periodismo
Frente a la postura de del Molino, que seguramente genera polémica, la realidad nos interpela, porque no estamos hablando el mismo lenguaje que la sociedad, nuestra sociedad, la suma de todas las partes de la que formamos un componente más, no está recibiendo nuestro mensaje de empatía, de construcción solidaria. Cualquiera sea el canal que estemos usando.
Antonio Guerrero Ruiz, doctor en filosofía dice que Nietzsche entendió que la aparición del nihilismo, en aquel tiempo, se debía al colapso de valores, especialmente tras “la muerte de Dios”. Hoy, el colapso, el nihilismo digital, se produce de otra manera. En los jóvenes prima la incertidumbre, la saturación de contenidos, que curiosamente no generan información, sino indiferencia digitalizada. Se suma la precariedad laboral, la incertidumbre existencial, todo genera un ruido de fondo que hace de la internet y sus aplicaciones un lugar vacío de contenidos. Todo parece carecer de sentido y la paradoja es que todo ese acceso a la información no se transforma en sabiduría. Ahora se interpela preguntándose ¿y si la respuesta no es huir del sinsentido, sino habitarlo?.
Tal vez, lo absurdo no sea una condena, sino un punto de partida. En una era donde todo parece carecer de valor, el acto de crear sentido —aunque sea pequeño, aunque sea propio— puede ser el gesto más revolucionario.