La Doctrina Monroe

Por Hernán Cazzaniga
MONROE es el nombre de una avenida de la ciudad de Bs As, no precisamente en homenaje a la bella Marilyn, sino en honor del entonces presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (1817-1825). Gobernó en tiempos en los que en Europa se concretó la llamada Santa Alianza (1815) entre los imperios de Rusia, Austria y Prusia, para la defensa de las monarquías absolutistas y la lucha contra los movimientos revolucionarios.
Por entonces, la gran potencia de la industria y el comercio de ultramar, Gran Bretaña, se alió con EEUU para frenar toda aspiración de otras potencias Europeas como España, de volver bajo su dominio a los nuevos estados independientes emancipados en América.
La corona portuguesa, aliada a los británicos, se había afincado en Río de Janeiro, en 1808, huyendo de Napoleón, el archienemigo de ambas. En cierto modo pasó a ser una corona americana con posesión de una parte de suelo europeo.
En este contexto, lo que se conoce como Doctrina Monroe, que ahora, 200 años después invoca Trump, se resumía en la emblemática frase: “América para los americanos”, la cual junto al credo del destino manifiesto que movilizó el movimiento expansionista de la joven Nación, que en el siglo XX se convertiría en la principal potencia mundial tras el declive de la hegemonía inglesa, forman parte de su filosofía de poder internacional del Estado.
Hablo de credo respecto a la convicción de destino manifiesto, porque tiene un carácter cuasi religioso, emanado de “la voluntad de Dios”, algo así como la “Nación elegida” para impulsar el ideal de democracia y libertad.
En línea con esa determinación "espiritual", la doctrina Monroe establece un honorable ideal, protector de la soberanía de los Estados independientes del continente americano.
Sin embargo, como suele suceder con las religiones, incluso las de naturaleza laica, como esta de Estado, su exégesis da lugar a interpretaciones que disponen los ánimos de diverso modo conforme al contexto, máxime si de ánimos imperiales hablamos.
Tal es así, que el sentido de la doctrina Monroe combinado con el expansionismo orientado por la creencia del destino manifiesto condujo a que América del Sur, sea considerado “patio trasero”; en términos geoestratégicos, zona exclusiva de injerencia. Es decir, excluyente de otras potencias.

Y como una cosa lleva a la otra, en el devenir y las condiciones en que los sucesos históricos ocurren, en cada momento o contexto, esto determinó la consolidación del carácter imperial de EEUU cuando resolvió su guerra civil, allá por la década de 1860 y emprendió su proyecto industrialista y petrolero (la nueva revolución energética que movilizaría la economía mundial y buena parte de las guerras del siglo XX). Como contracara de todo imperialismo está su correlato el del sometimiento y las resistencias sudamericanos, o las formas en que invocando el plexo doctrinario EEUU impuso, no sin rechazos, ese sometimiento y la exclusión de terceros dentro de su área de injerencia exclusiva, la llevó en nombre de la libertad y la democracia a propiciar golpes militares y sostener dictaduras que atentaron contra las libertades civiles y derechos ciudadanos a la participación democrática en el resto del continente, accionar que llegó a su nivel más terrorífico con la coordinación del Plan Cóndor, implementado, bajo la doctrina de la seguridad nacional, de la escuela de las Américas, en la etapa inicial de la globalización neoliberal, inaugurada con el golpe militar de Chile, las transmisiones satelitales y el consenso de Washington que luego de la caída del bloque soviético dio lugar, provisoriamente a un mundo unipolar, hegemonizado por EEUU.
Ese mundo está hoy en crisis, los sistemas de representación democrática lo están en Europa y en América. Y las propias instituciones de la República son cuestionadas, en particular en EEUU, donde Trump mismo está siendo impugnado en el parlamento y en el poder judicial por incumplir las leyes.
La sociedad yankie, atravesada por una grieta, empieza a producir enfrentamientos que llevan a algunos a pensar en una guerra civil larvada.
Pero el estado de guerra es palpable en el orden internacional donde EEUU, como en su momento Gran Bretaña, promediando el siglo XX, entró en declive.
Guerra comercial, de monedas, de desarrollo tecnológico y los recursos minerales necesarios para que las novedades de la era funcionen y por supuesto guerra militar, que es la "prolongación de la política, de la voluntad de poder estatal, por otros medios".
Guerras que se dan en un marco institucional que trae nuevamente una suerte de crisis matrimonial de las instituciones republicanas liberales con el desarrollo económico de las naciones. La supremacía de los CEOs, el surgimiento de una tecno- oligarquía que acapara riquezas, concentrándolas en muy pocas manos o en corporaciones privadas, reconfigura las relaciones económicas y políticas, llevando a algunos, como Yanis Varufakis, a definir la organización del orden mundial actual como un tecno-feudalismo, un modo de producción fundado a partir del capitalismo.
En esta situación, frente a la conquista de mercados por parte de China, el desplazamiento del dólar como moneda de intercambio internacional dentro de los Brics y la desordenada salida de EEUU de Afganistán, la progresiva pérdida del control de las potencias europeas en África, una gran guerra mundial se concentra simultáneamente en numerosos focos con diferente poderío y consecuencias. Las naves chinas rodean Taiwan, las tropas rusas bombardean Ucrania y le cortan el suministro de gas a Europa, Israel perpetra un genocidio a cielo abierto en Gaza y se cohetea con los países de la región y EEUU ataca a dos potencias petroleras en simultáneo Niger y Venezuela.
Lo hace empleando coartadas pueriles, como lo hizo en su momento contra Irak. En la madrugada del 3 de enero, bombardeó Caracas y secuestró al presidente y a su mujer.
Aún no se sabe cómo va a escalar el conflicto, se empiezan a escuchar condenas internacionales ¿Pero en que se materializan? Venezuela ¿puede ser un nuevo Vietnam o Afganistán? ¿China y Rusia tomarán al toro de Wall Street por las astas?
¿Qué rol va a cumplir sudamérica en este entuerto? Por lo pronto el gobierno argentino, como era esperable, celebra este atropello decidido por la administración Trump y su reinterpretación de la doctrina Monroe que desde ahora reza:
"Los recursos minerales y el petróleo de los americanos, pertenecen a los norteamericanos"