Del asalto al cielo a la ostensible impunidad: la era post nixoniana

Por Hernán Cazzaniga
Para seguir abriendo el abanico de reflexiones, desarrollado en comentarios anteriores, sobre el cambio de era en torno a la distinción entre el mundo actual y el nixoniano elevemos la mirada ensayística al cielo.
En 1871, en una carta a Ludwig Kugelmann, Karl Marx describió el heroísmo de los obreros de la Comuna de París con una expresión célebre: "tomar el cielo”. Objetivamente tenían todo en contra para triunfar en ese asalto al poder, pero intentaron construir el primer gobierno popular de la historia moderna.
Para Marx, no era una protesta más; los comuneros estaban intentando lograr lo imposible, lo sagrado, lo "divino": hacerse del poder real, fundar una república de iguales realmente.
Esa mística forjó el espíritu de rebelión de los agitados años 60. Tuvo su eco graffitero casi un siglo después en las mismas calles de París, en mayo del 68. "Seamos realistas, pidamos lo imposible". Ese espíritu rebelde sobrevoló los procesos de descolonización de África, la resistencia de Vietnam y el apoyo mundial que recibió su lucha, al pacifismo hippie y a las guerrillas latinoamericanas inspiradas por la Revolución Cubana y la figura del Che.
Era el contexto previo a la era Nixon. "Asaltar el cielo" podría interpretarse en aquel entonces como que los pueblos del Sur podían ser dueños de su destino y de sus recursos.

Sin embargo, la respuesta del Norte no se hizo esperar. El orden edificado por Richard Nixon y Henry Kissinger, instauró una respuesta técnica y fría a partir de los 70: La Realpolitik. La impusieron a sangre y fuego, pero también mediante los tanques de la industria cultural.
Si los pueblos en los 60 y principios de los 70 querían el "cielo" en sus manos, ejercer la soberanía de lo propio, su autonomía soberana, por el contrario, el sistema del petrodólar y la financiarización les puso aduanas invisibles.
Asaltar el cielo dejó de ser una aspiración realista para los dominados, pasó a ser un bien disponible en el mercado previo pago del sellado de habilitación, contrayendo deuda externa y aceptando con "debida obediencia" la condición monetaria dictada por los manuales de la Escuela de Chicago.
Para entender el carácter de esta dominación, hay que rastrear su genealogía hasta la política del garrote (Big Stick) de Theodore Roosevelt a principios del siglo XX. Aquella doctrina, rezaba "habla suavemente y lleva un gran garrote". Establecía un corolario de la doctrina Monroe en el nuevo siglo XX. EE. UU. tenía el derecho de intervenir militarmente en cualquier nación del hemisferio que presentara "desórdenes" o deudas impagas.
El orden nixoniano de los 70 sofisticó este garrote mediante la combinación de palos y zanahoria. Con la ingeniería financiera y los golpes de Estado encubiertos. En cambio, el siglo XXI, parece haber abandonado todo "hablar suave".
Hoy, se despliega una política de "crímenes a cielo abierto"
No hablo de desregulación del mercado aeronáutico, sino de la obscenidad criminal con que ciertos Estados operan en el concierto de Naciones en esta etapa de demolición de la legalidad internacional.
Organismos como la ONU han quedado reducidos a espectadores impotentes ante el ostentoso genocidio perpetrado por Israel en Gaza, ejecutado ante la vista de toda la humanidad y sin el menor prurito de ocultamiento. Se dice que en Palestina nadie experimenta el asombro de los soldados rusos que al derrotar al nazismo llegaron a sus campos de concentración o el de los jueces de 1985 y la propia población Argentina al descubrir la perversión de estos regímenes, que pese a todo, aún guardaban el decoro de esconder sus crímenes a la mirada pública.
El poder actual, en cambio, los exhibe como trofeos, impunemente, gozando de ellos a cielo abierto, transformándolos cínicamente en memes.
El retorno al "garrote" desenmascarado está personificado en figuras como Donald Trump y su Salieri sudamericano que le roba pasitos de baile a él.
Descaradamente, dos Estados de sudamérica fueron sometidos a dos operaciones quirúrgicas, supuestamente incruentas pero ostentosas. Violatorias de sus respectivas soberanías pero con cierto consentimiento de sus víctimas.
En Argentina la intervención operada por el secretario del tesoro de EEUU sobre el mercado de cambio de este país, para obtener un resultado electoral favorable para su monigote presidencial y de este modo “mejorar el clima de negocios” financieros y extractivos de nuestros bienes naturales. Es decir, para los mega negocios de corporaciones, las suyas, con la nuestra. En Venezuela fue la reciente operación realizada por medio de una escalada de amenazas de intervención militar directa que derivó en un “magnisecuestro” presidencial, para apropiarse también de sus recursos mineros. Ambas operaciones fueron presentadas públicamente con mensajes desembozados. Hoy las amenazas se extienden a Dinamarca, por los recursos y valor geoestratégico de Groenlandia.
En fin, si en los años 60 se creyó que se podía tomar el cielo por asalto para democratizar la riqueza, el fin de la era Nixon, nos deja un paisaje de minerales y soberanías de naciones saqueadas a cielo abierto.