Crisis, Ficciones y Materializaciones Trumpistas

Por Hernán Cazzaniga
Siguiendo esta serie de mini ensayos sobre el fin del orden nixoniano (que alguna vez alguien lo concibió como el fin de la historia) la pregunta que nos surge es ¿Cuál es la racionalidad de las ficciones orientadoras que guían las acciones que lleva adelante la administración Trump? y ¿cómo su performance materializa nuevas realidades creando un (des) ordenamiento de las relaciones internacionales?
En este sentido, no está de más comenzar diciendo que el legado nixoniano es la valorización en el vacío.
Recordemos que lo que llamamos orden nixoniano fue la respuesta a una crisis de rentabilidad dada por el hecho de que el capital ya no podía resolver mediante la producción física su reproducción ampliada.
Romper con el patrón oro en 1971, representó el pasó de un régimen de acumulación basado en la expansión industrial a uno sostenido por la expansión del crédito y la hegemonía financiera.

Este modelo permitió a EEUU. sostener su dominio mediante el "dólar-fiat", que obligó al resto del mundo a absorber su deuda a cambio de liquidez y protección mafiosa.
Sin embargo, este proceso generó una desconexión fundamental para comprender el agotamiento de este ciclo.
Mientras que en estas cinco décadas las finanzas crecían exponencialmente, la tasa de ganancia en la economía real continuaba su declive. El capital se volvió "ficticio", “burbujeante”, cada vez más deslogueado de la base productiva generadora de valor real. La inversión productiva se desplazó hacia los tigres asiáticos y en particular hacia China, creando el germen de la contradicción actual del sistema capitalista global y la crisis interna de EEUU.
La administración Trump surge cuando la ficción nixoniana ya había agotado su capacidad de contener las tensiones internas.
Su política de caotización del orden mundial es la expresión de los intereses de una fracción del capital que busca romper con la globalización financiera para intentar una "reindustrialización coercitiva".
Trump no es un proteccionista tradicional, sino un agente que utiliza el poder del Estado para desviar plusvalía externa hacia el interior, mediante aranceles, y la desarticulación de las cadenas globales de valor.
Su objetivo es forzar una destrucción de capitales ajenos para permitir una nueva fase de acumulación doméstica, aunque esto implique sabotear la estabilidad de las instituciones liberales que el propio imperialismo construyó.
En este escenario de caos, el capital tecnológico (Silicon Valley) y la Inteligencia Artificial (IA) se han convertido en el campo de batalla decisivo para obtener una mayor tasa de ganancias.
La IA representa un salto cualitativo en la composición orgánica del capital. Al automatizar tareas cognitivas, el capital busca reducir drásticamente el valor de la fuerza de trabajo, busca contrarrestar la caída de la rentabilidad mediante una explotación ultra-eficiente.
Las grandes plataformas ya no operan solo bajo la lógica de la producción, sino de la extracción de rentas. La IA permite a estas corporaciones capturar valor generado en otros sectores de la economía global, concentrando la riqueza en una arquitectura digital monopolística.
Bajo la lógica de Trump la IA es una herramienta de soberanía imperial. La disputa con China por el control de los semiconductores y los algoritmos es, en el fondo, una lucha por quién controlará la infraestructura donde se realiza la plusvalía en el siglo XXI.
La síntesis entre el proteccionismo de la era Trump y la aceleración tecnológica plantea una contradicción explosiva. Mientras la IA expulsa trabajo vivo (la única fuente de valor para el marxismo), las políticas nacionalistas fragmentan el mercado donde esas mercancías deben venderse.

El resultado es una crisis de realización en la medida en que el sistema es capaz de producir de forma hiper-eficiente gracias a la tecnología, pero las masas empobrecidas por la precarización y las guerras comerciales no pueden consumir lo producido.
Su discurso nacionalista, antimigrantes, sus políticas represivas y de ataque a las minorías se orientan a obtener la adhesión fervorosa de quienes ven en ellas una amenaza a sus módicas seguridades laborales y culturales. Su política interior desvía el malestar económico hacia conflictos raciales y migratorios. Demoniza a esos otros para cohesionar a los propios, identificados mágicamente con “el bien”
El caos interno y externo provocado por su gestión no es un error administrativo, ni debe ser reducido a condiciones psíquicas de Trump.
La crisis provocada es la forma política adoptada por el capitalismo cuando ya no pudo crecer armónicamente y debió recurrir a la fuerza y a la disrupción tecnológica para fagocitar lo que queda de rentabilidad global.